La Coctelera

Comienza la recuperación

Efectivamente, allí estaba sentado en una silla de mármol, en lo alto de la cima rodeado de papeles, de dibujos, de bocetos... mirando un pequeño monitor de 15´ del que no apartaba la vista. Tenía un traje de ejecutivo azul y una camisa rosa. Estaba bastante moreno y bien peinado aunque su rostro era hierático y permanecía serio y quieto.

Buenas tardes - dije con voz tímida bajando la cabeza en señal de respeto.- Tus zapatos están limpios, no hace falta que te los mires- respondió sin dirigirme la mirada. En ese momento alcé la vista y tímidamente le dije -estoy aquí porque yo... he fracasado, señor. No tengo reino, he perdido el mando, mi mundo, mi gente. El trópico necesita volver a ser lo que era, necesita... -¿Porqué estás sola?- me interrumpió - veo que esa idea de lo que el trópico necesita o deja de necesitar no está muy clara. Debes a empezar un largo camino para que tengas claro lo que el trópico necesita y luego todo vendrá rodado. A veces nos esforzamos por ser lo que otros quieren o hacer lo que está bien pero nos olvidamos de nosotros.- a lo que respondí: - Pero señor Dévora Horas está haciendo añicos el trópico, las meriendas, las tardes, el sol, la gente...  - Por favor calla! - dijo- Me puedes escuchar de una vez! Todo eso vendrá si tu lo quieres porque el trópico está dentro de tí. Dévora desaparecerá si le das la espalda, si no dependes de ella. Tienes que pasar por un largo camino hasta que logres llegar al final que desees - Cogió el mando de la tele y la apagó, se puso en pié y se dirigió a mi, puso su mano en mi hombro y me miró con mirada paternal - En serio quieres volver?- preguntó - Sí por favor, lo que sea por conseguir reconstruir todo, por mí - De acuerdo. Cierra los ojos anda en línea recta y llegarás a una puerta blanca. Llama y te atenderán. Allí comienza el camino, pero te aseguro que no será fácil, todavía te queda mucho por hacer para poner todo en orden.

Le miré con los ojos llenos de lágrimas por la emoción contenida, por fin había vuelto a tomar las riendas de mi trópico y mi destino. Le di las gracias y comencé a caminar por un pasillo muy estrecho lleno de cuadros en blanco y negro con una música de ópera sonando de fondo.  Atrás todavía quedaba él mirando con cara de orgullo y un poco de escepticismo mi recorrido por el pasillo. Y llegué a la enorme puerta blanca. Al lado un timbre y una cartel que ponía "Llamen los martes o los que tengan cita previa".

Después de tanto tiempo

Después de tanto tiempo, tantas idas y venidas, tantas ocupaciones, tantas decisiones, el grupo de resistencia sarantrópica decidió que era el momento de ponerse en marcha. Acabar con aquella dictadura se hacía estrictamente necesario y debíamos hacerlo ya. Aquella mañana decidí terminar con el mundo subterráneo, con lo de viajar bajo gusanos, con las calles grises, calor y fríos extremos, con la falta de merienda, con hipotecar el tiempo. Debía liderar al grupo de la resistencia y llevarles a la victoria, devolver todo a su sitio…

 

“Sarantrópicos! esta mañana comienza al fin la liberación que esperábamos. Un mundo soleado, un mundo donde el mar salude al final de cada calle debe volver. Se acabaron los espejismos al fondo de la Gran Vía, se acabaron las gentes extrañas y las miradas perdidas- El mundo que conocíamos debe volver con sus tardes de merienda y sus playas de sol y relente. Viento, viento, soplando, viento que se lleve todo lo gris y lo patético, la tristeza, la rutina, viento que entre por los balcones, que recorra las orillas, viento viajero del sur.”  Todos aclamaron y gritaron y enardecidos tras escuchar mis palabras aquella mañana parecían estar decididos a romper con su rutina pesada, con su asfixiante yugo.

 

Pero a medida que me acercaba a la cima de la montaña para conjurar al viento, empezaron a sonar pequeñas alarmas en los bolsillos de la resistencia, cortas melodías infernales que provenían de unos pequeños teléfonos móviles y que hacían volvieran atrás, que olvidaran su camino. Uno a uno todos fueron volviendo a sus obligaciones impuestas, a sus rutinas y fueron olvidando para qué estaban allí. Débora Horas todavía seguía ejerciendo poder sobre ellos por medio de esos extraños chismes y tras unos minutos estaba ya sola. Sola .

 

Pero no estaba dispuesta a rendirme y me dispuse a llegar hasta la cima para comunicarme con el elemento más temido del Trópico, porque sabía que era el único con suficiente poder como para poder ayudarme. Tras varios días de frío, hambre y cansancio, la sensación de desolación cada vez se hacía más intensa, pero era única esperanza de la resistencia sarantrópica y devolver todo a la normalidad era mi único objetivo. 

viajando bajo gusanos

Esta mañana, como ya viene siendo costumbre en le Trópico, hacía un frío blanco y punzante en la calle y un calor denso y deprimente en el submundo recientemente creado con túneles de transporte para reducir los tiempos de viaje de las hormigas obreras.
Los túneles del submundo son lugares donde nunca ha dado el sol por eso necesita de la energía vital de la gente que los recorre para mover los vagones de carga que circulan a través de ellos cruzando el Trópico de punta a punta y más allá a lugares que nunca he visitado ni imaginado. La gente anda gris, seria y cansada a cualquier hora del día desprendida de su energía que no recuperan hasta no ver de nuevo un atisbo de luz natural. Procuran no mirarse unos otros por miedo a poder resultar demasiado humanizados y esconden sus cabezas tras enormes pliegos de papel gris que reparten a la entrada. Nadie habla mientras quedan suspendidos de las barras interiores de los vagones e intentan superar a duras penas el desagrado que les produce el irremediable contacto físico.

Y allí me encuentro yo, en ese lugar extraño asada y agobiada por mi propio abrigo que me hizo de escudo contra la helada en el exterior y me hace de yugo mientras me debilito en el vagón, mirando los zapatos de los otros viajeros. Para no incomodarles mirando sus caras, agacho la mirada hasta el suelo y me imagino como será cada persona a partir de los zapatos que lleva y surgen en mi cabeza mil historias. Hay zapatos de deporte gastados que seguramente fueron comprados de manera pretenciosa en una tienda donde aseguraban que era el último modelo y que ahora apenas llaman la atención de nadie porque aunque en un principio eran de vivos colores ahora habían asimilado el patético gris del suelo a base de tanto andar y de tanto ser arrastrados cada día por la ciudad. También hay ejecutivos con los pies muy pequeños que llevan zapatos de cordones negros o con una pequeña hebilla y me imagino que son grandes bailarines, que lejos de toda la responsabilidad del peso de sus trajes hay un alma humana que desearía ponerse a dar vueltas y saltos por los vagones al son de Sinatra y aprovechan cualquier vaivén del vagón para mostrar sutilmente su habilidad. Hay tacones altos de mujeres muy trajeadas que desayunaron antes de salir de casa un café amargo mientras escuchaban las noticias por la radio y despedían a sus hijos cuando se iban al instituto a la vez que pensaban que luego deberían ir al supermercado a comprar leche y lavavajillas porque apenas quedaba.

El vagón ha parado y como zombis sedientos de comer cerebros frescos, los obreros salen andando en masa unificándose en dos filas para atravesar pasillos y estrechas escaleras mecánicas por las que apenas se cabe donde de un lado avanzan los que piensan correr y del otro los que piensan correr aun más rápido que los otros y todo amenizado por la frenética música de un violín que presenta la imagen pastoril mucho más patética. En un principio un poco asustada ante el paso de estos ejércitos de cibors me quedaba quieta y procuraba dejarles pasar hasta que tenía espacio para andar un poco más sosegada pero desde hace unos días he probado a liderar el ejercito, a salir la primera, a adelantarles a todos y colocarme en la cabeza de la fila y me he dado cuenta de que es bastante divertido porque parece que llevas a cientos de personas persiguiéndote como en una peli de miedo y esto me hace sonreír alguna mañana que otra por lo surrealista de la situación.

De todas formas cada uno se monta las historias como quiere y quizás quede la esperanza de que algún día, alguna desangelada mañana alguien saque la cabeza de su lectura, levante la vista del suelo y se enfrente a la mirada del viajero que le acompaña y tal vez las historias serían diferentes.

Que sí que no que me deje el chaparrón

Llueve hoy sobre el Trópico. Los habitantes pasan corriendo delante mía. Nadie se da cuenta que estoy allí y pasan a mi lado con un ritmo incesante.
La playa huele a arena mojada, a mar revuelto, hace un frío tenue y en un rato no queda nadie cerca y nada que hacer.
Estoy en la calle y el suelo esta mojado, plomizoy gris y me aferro a mi paraguas porquela lluviame aplasta contra el suelo.Pasa un rato y vuelvo a palacio pero el agua me sigue ahogando dentro de mi guarida.Estoy sola, sola y en el Trópico todoparece cementovacio, pero no tengo donde ir ytodo estadesolado.
El cielo negro acompaña mi tristeza, mi pequeño Imperio ha caido en manos del peor enemigo que se puede tener: un devorador de tiempo. Pero parece ser que el poder que antaño se me fue otorgadopara ser Emperatriz aún sigue latente en mí ycontinuo influyendo en el estado de los elementos. El cielo llora como yo lo hago ahora tormentosamente y las nubes que ahora rondan mi mente sobrevuelan amenazantesla isla.
No puedo más con esta carga, con este lastre que apenas me deja avanzar, con esta pena negra y espesa como la brea,estas bofetadas de realidad, este engrudo que me pega los pies al suelo y me atrapa irremediablemente dentro de la jaula formada por un sistema de cosas lógicas y ordenadas.
Me duele la cabeza, apago la luz yme desesperopor ahora, mañana estaré igualy si esto sigue así la resignación vendrá de nuevo a mí como otras veces.

Golpe en el Trópico

Hoy he despertado del largo letargo al que fui condenada tras la apertura de aquella maldita lata de piña. Aquella escuálida mujer me había engañado para dejarme roncando todo este tiempo de manera que ahora se había hecho con el poder del Trópico.

La sombra se hacía llamar ahora canciller. La canciller Débora Horas apenas levantaba un metro y poco más del suelo, era rubia y aunque vestía como una muñequita de porcelana tenía un enorme y denso bigote. Su rostro severo se adivinaba a través de la cortina de humo que creaba a base de fumar constantemente tabaco negro y su pequeñas manitas apenas sobresalían de entre los encajes de los puños de su camisa.

La canciller Débora había dado un golpe de estado con aquella lata envenenada y había dictado una serie de nuevas leyes y normas que todos los habitantes estaban obligados a cumplir bajo pena de expulsión del Trópico. Para empezar les había obligado a dejar el palacio y a buscar nueva residencia para vivir aunque debían pagar por tener estas casas y para ello había construido unas colmenas donde debían trabajar en algo conocido como turnos partidos. Con estos turnos había conseguido abolir la merienda cambiándola por un aparato que expulsaba vasos de plástico y agua marrón caliente y tan amarga que era inevitable tener que echarle azúcar para poder tragarla.

Una vez que los habitantes pasaban el día llevando y trayendo bloques de papeles, andando en círculos y hablando por teléfono en dialectos que ni ellos mismos entendían volvían a las casas por las que estaban trabajando y dormían hasta el día siguiente. A veces se permitían pequeños caprichos como un coche que era pagado a base de estar más horas trabajando, con el que conseguirían llegar al trabajo con más facilidad y con el que les sobraría tiempo para tomar café en su recién adquirida cafetera Express que hacía el café tan rápido que les permitía poder hablar por sus teléfonos móviles con los amigos, (a los que no veía desde hace años por no tener tiempo) cuya factura era pagada con dinero generado por más horas de trabajo.

Tiempo contra dinero. Sueños contra “trabajo”. Ahora el Trópico se encuentra sumergido en el progreso- me señalaba la canciller mientras miraba por mi balcón- y tú deberás unirte a él si quieres seguir viviendo aquí, porque según las cifras vemos que no eres solvente y que por lo tanto pronto si esta situación no cambia serás expulsada de tu propio antro- concluyó mientras se regodeaba en el humo de su cigarrillo.

Nunca pensé que el progreso terminaría por deshumanizarnos por medio de monedas de curso legal. Pronto deberé tomar una decisión.

La lata de piña

Hoy en el Trópico se ha terminado la comida. La nevera está poniendose morena y descongelándose en la orilla de la playa porque está de vacaciones. He hablado ya varias veces con el ministerio de de la Merienda pero ellos no saben nada, no se hacen responsables de la falta de "krispis" del tigre Tony, galletitas Yayitas ni pan de molde con Nocilla. Así andan mis subditos famélicos mirando las alturas desde el balcón.
De pronto,no se como ha llegado a mis manos un bote de piña natural de esas que no tienen ni azucar ni nada, "en su jugo" pone. Ser o no ser, esa es la cuestión, ser una persona-alimaña que come cosas que tienen pinta de equilibradas o no serlo y continuar con mis principios de nutrición basada en hiperglucemias constantes...
Esta noticia de la lata de piña ha corrido como la polvora por todo el palacio y todos están espectantes esperando que dicte la sentencia. Aquí, en el Trópico, hace tiempo que los druídas que fundaron esta tierra acordaron la sustitución de las tres comidas (desayuno, merienda y cena)por cuatro meriendas, aunque hay algunos que han decidido consagrar su vida a merendar y se llevan todo el día practicando. Ante esta situación todos miran muy de cerca cual será mi actitud ante tal alimento de bajo valor calórico.
Reflexionando en mi espacio-guarida, de pronto me veo sobresaltada por la aparición de "La Sombra". Esta personaje vive en las afueras del trópico porque hace tiempo que le dió la espalda a la nación sarantrópica y a su modo de vida. Se acercó a mi con rostro lánguido que parece estar diciendo "hola soy un apio" y alargó su escuálido brazo celeste hacia mí. -No lo pienses más joven Empretriz- me dijo -Se que tienes la lata- Mi cara fue de sorpresa total, aquella siniestra personilla me daría la solución

Almas Inversas

La barbie gótica se ha dignado hoy a pasearse por los pasillo de mi palacio. Esa engendra diabólica de tinte rubio y encajes negros, lleva varios días encerrada en sulúgubre habitación.Se ha tomadoun cafétan negrocomo el rimmel quele hacepeso enlaspestañas y más caliente que las braguitas de Madonna.Y yo me pregunto¿es que esta jovenzuela de pechos descomunales no tiene nada que hacer en todo el día más que...?Bueno es que no se ni lo que hace!
Hoy traíapeor cara que de costumbre, porque mira quese empeña en ser blanquita ytomarsea diario su chupito de vinagre para matarse unos cuantos glóbulos rojos, pero hoy estaba de un tonogris tirando a gris marengo. Ella me mira y yo la miro y nos quedamos una frente a la otra como una foto y su negativo(el negativo es ella claro), yo con mi pelo negro y mi chandal rosa y ella con su pelo rubio y su "cosa" negra de terciopelo, y entoncesnos quedamos calladas unos instantes, ella me respira y se va. Creo que este es un acto necesario parademostrarnos una a la otra que su rival implacable sigue viva y por eso este ritual es necesario de vez en cuando. Aunque hoy ella más bien parecía una animalejo herido consu mirada de indiferencia como de costumbre, como diciendo, hoyestaré malpero porsigo estando.
Esa es la lección de hoy desde mi trópico. Todo el mundo tiene un hermano gemelo malo, un almasemejante a la propia pero completamente contraria y oscura que nos desafía todos los días en casa, en laoficina, en los pasillos de palacio,o en el ascensor y que es tan incansablecomo nosotros mismos. Esto sucede desde que el mundo es mundo y el Cristal Oscuro dividió el bien y el mal y desde entonces no hay tregua y esto es así, infinito por lo tanto esta lucha no tiene solución porque el bien y el mal deben aprender a vivir equilibradamente como nos enseñaron las Embrujadas.
Para muestra os invito a ver este suceso que le pasó a mi amigo Michael con su coche Kittcuandole hizo frentede forma valienteaKarr, su gemelo malo.

Moraleja: no pegarse porque puede que tu no seas Kitt sino Karr.

¡QUÉ SUERTE SER COMO YO!

¡Qué suerte ser como yo! dijo la incauta joven cuando vió el fruto de su trabajo. Ella misma celebraba el poder alegrarse con las cosas más simples y por ello se sentía afortunada. No le hacía falta nada más sofisticado ni complejo para ser feliz por un momento. En eso consiste la felicidad, en una manta pequeña una nocha de frío: cuando consigues abrigarte los brazos, los pies se quedan al aire.
Ese fue el comienzo de un blog que encerraría el poder de las cosas pequeñas, de lo simple dentro de un mundo lleno de gente extrañay de cosas complejas.
La timorata emperatriz infantil se puso sus zapatillas rosas y terminó de comerse el bocadillo de chocolate mientras miraba el mar desde la ventana. Nada le hacía recordar ahora que la nada se había comido parte de su vida y ahora se encontraba sola en el trópico que ella misma erigía.