¡Qué suerte ser como yo! dijo la incauta joven cuando vió el fruto de su trabajo. Ella misma celebraba el poder alegrarse con las cosas más simples y por ello se sentía afortunada. No le hacía falta nada más sofisticado ni complejo para ser feliz por un momento. En eso consiste la felicidad, en una manta pequeña una nocha de frío: cuando consigues abrigarte los brazos, los pies se quedan al aire.
Ese fue el comienzo de un blog que encerraría el poder de las cosas pequeñas, de lo simple dentro de un mundo lleno de gente extrañay de cosas complejas.
La timorata emperatriz infantil se puso sus zapatillas rosas y terminó de comerse el bocadillo de chocolate mientras miraba el mar desde la ventana. Nada le hacía recordar ahora que la nada se había comido parte de su vida y ahora se encontraba sola en el trópico que ella misma erigía.
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