Esta mañana, como ya viene siendo costumbre en le Trópico, hacía un frío blanco y punzante en la calle y un calor denso y deprimente en el submundo recientemente creado con túneles de transporte para reducir los tiempos de viaje de las hormigas obreras.
Los túneles del submundo son lugares donde nunca ha dado el sol por eso necesita de la energía vital de la gente que los recorre para mover los vagones de carga que circulan a través de ellos cruzando el Trópico de punta a punta y más allá a lugares que nunca he visitado ni imaginado. La gente anda gris, seria y cansada a cualquier hora del día desprendida de su energía que no recuperan hasta no ver de nuevo un atisbo de luz natural. Procuran no mirarse unos otros por miedo a poder resultar demasiado humanizados y esconden sus cabezas tras enormes pliegos de papel gris que reparten a la entrada. Nadie habla mientras quedan suspendidos de las barras interiores de los vagones e intentan superar a duras penas el desagrado que les produce el irremediable contacto físico.

Y allí me encuentro yo, en ese lugar extraño asada y agobiada por mi propio abrigo que me hizo de escudo contra la helada en el exterior y me hace de yugo mientras me debilito en el vagón, mirando los zapatos de los otros viajeros. Para no incomodarles mirando sus caras, agacho la mirada hasta el suelo y me imagino como será cada persona a partir de los zapatos que lleva y surgen en mi cabeza mil historias. Hay zapatos de deporte gastados que seguramente fueron comprados de manera pretenciosa en una tienda donde aseguraban que era el último modelo y que ahora apenas llaman la atención de nadie porque aunque en un principio eran de vivos colores ahora habían asimilado el patético gris del suelo a base de tanto andar y de tanto ser arrastrados cada día por la ciudad. También hay ejecutivos con los pies muy pequeños que llevan zapatos de cordones negros o con una pequeña hebilla y me imagino que son grandes bailarines, que lejos de toda la responsabilidad del peso de sus trajes hay un alma humana que desearía ponerse a dar vueltas y saltos por los vagones al son de Sinatra y aprovechan cualquier vaivén del vagón para mostrar sutilmente su habilidad. Hay tacones altos de mujeres muy trajeadas que desayunaron antes de salir de casa un café amargo mientras escuchaban las noticias por la radio y despedían a sus hijos cuando se iban al instituto a la vez que pensaban que luego deberían ir al supermercado a comprar leche y lavavajillas porque apenas quedaba.

El vagón ha parado y como zombis sedientos de comer cerebros frescos, los obreros salen andando en masa unificándose en dos filas para atravesar pasillos y estrechas escaleras mecánicas por las que apenas se cabe donde de un lado avanzan los que piensan correr y del otro los que piensan correr aun más rápido que los otros y todo amenizado por la frenética música de un violín que presenta la imagen pastoril mucho más patética. En un principio un poco asustada ante el paso de estos ejércitos de cibors me quedaba quieta y procuraba dejarles pasar hasta que tenía espacio para andar un poco más sosegada pero desde hace unos días he probado a liderar el ejercito, a salir la primera, a adelantarles a todos y colocarme en la cabeza de la fila y me he dado cuenta de que es bastante divertido porque parece que llevas a cientos de personas persiguiéndote como en una peli de miedo y esto me hace sonreír alguna mañana que otra por lo surrealista de la situación.

De todas formas cada uno se monta las historias como quiere y quizás quede la esperanza de que algún día, alguna desangelada mañana alguien saque la cabeza de su lectura, levante la vista del suelo y se enfrente a la mirada del viajero que le acompaña y tal vez las historias serían diferentes.